La aventura

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—No me va usted a disuadir con su broma impía, míster Sebright.

—Hablo en serio, señora Williams. Puede que provoque un motín entre esta horrible tripulación de impíos, pero realmente no veo otro medio de librarnos de ellos. El contramaestre ha dejado a la deriva el viejo colador desvencijado que les servía de barca, y ahora se encuentra a un cuarto de milla a popa, medio inundada de agua. Y no podemos darles uno de los botes del barco para ir a tierra, pues les cortarían el cuello. Al señor J. Perkins no le gustaría. Juraría como un diablo si el bote se perdiera. Vamos, no me diga que no, señora Williams: le he oído toda una sarta de juramentos, por valor de una libra, por un asunto que no merecía más de diez peniques. Usted sabe muy bien la clase de hombre que es su tío. Un completo tirano en esos asuntos.

—No sea chismoso, señor Sebright.

—No fui yo el que empezó, señora Williams. Fue usted la que originó todo este conflicto por nada; porque, en realidad, no vinieron solos. Con ellos iba otro hombre. Un hombre mayor, de lo más respetable. Allí está, con una pluma en el sombrero. ¡Eh, usted! Señor caballero, hidalgo, Pedro… Miguel… José… ¿cuál es su santo patrón? Venga por aquí…


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