La aventura
La aventura —SÃ. Y la esposa del jardinero dice que debió usted birlar la llave del clavo junto a la cuna… cuando entró en el pabellón la tarde anterior, con el pretexto de ver a su pobre bebé enfermo. Usted debe saber hasta dónde el amor saca lo mejor de uno mismo.
Y su tÃo no es ningún pirata con las manos manchadas de sangre. Es sólo un viejo pagano, de buen corazón aunque muy mal hablado. Y usted también tiene buen corazón. Vamos, señora Williams, sé que está ansiosa por llevar a la cama y arropar a esta joven dama… pobrecita. ¡Piense en todo lo que le ha pasado! DeberÃa preocuparse de que no le falte jerez ni galletas y cosas por el estilo… hacer que ese inútil despensero se dé prisa. Apuesto a que el mendigo se oculta en el lazareto. Asà pues… permÃtame.
Intervine de nuevo en la discusión, porque creÃa que debÃa aclararse el asunto.
—Esta joven dama —dije— es hija de un gentilhombre español. Su padre fue asesinado por los piratas. Yo también soy de noble familia y, como me nombraron tutor suyo, trato de salvarla de un destino espantoso.
Ella me miró con aprensión.
—CometerÃa usted un acto infame tratando de entrometerse en esto —le dije.
Supongo que fui convincente.
—Debo creer lo que usted me dice —dijo ella.