La aventura

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Y de pronto añadió con una especie de emoción febril, entusiasta:

—Vaya, vaya. No quiero ser cruel. No sé nada, y una mujer casada no puede ser demasiado cuidadosa. A pesar de todo lo que he dicho, usted podría haber sido un… un libertino, una de esas pobres almas en pena que Satanás…

Manuel logró al fin despegar los labios, como si hubiese estado luchando contra las olas.

—¡Excelencia, ayúdeme! —balbuceó, como un hombre que se estuviese ahogando.

—Yo me encargaré de la joven dama —dijo la señora Williams— hasta que todo se aclare.

Y cerró la puerta.

—Ha ido demasiado lejos, Sebright —protestó Williams—. Tendré que despedirle.

—Está bien, capitán. Puedo manejarla a mi antojo —dijo el hombre joven alegremente—. Alguien tiene que hacerlo si usted no quiere… o no puede. ¿Qué haremos con ese dago vocinglero? Es un pobre bruto para tenerlo en cubierta.


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