La aventura
La aventura ¡CUÁN a menudo la parte activa de nuestra vida es la menos real! Vista en conjunto, la vida me la imagino como una búsqueda con los brazos abiertos de un magnífico sueño alígero que se cierne sobre nuestras cabezas y proyecta su esplendor sobre nuestras esperanzas. Es en esta sencilla visión, que es única y duradera, y no en los hechos cambiantes, donde debemos buscar su significado y su verdad. Los tres días tranquilos que pasamos juntos a bordo del Lion me siguen pareciendo memorables y llenos de sentido, sin incidentes, y conteniendo la quintaesencia misma de la existencia. Compartimos el sol, siempre juntos, muy cerca el uno del otro, cogidos de la mano mirando al mar, cuyo azul sin mancha prolongaba bajo nuestros pies el azul que se extendía sobre nuestras cabezas, como si nos hubieran arrebatado al cielo. Las palabras insignificantes que intercambiamos parecían cargadas de una certeza ininterrumpida y de una admirable gravedad, como si en el amor clandestino entre un hombre y una mujer hubiese una cierta dosis de sabiduría infalible. Del inagotable tesoro de su sensibilidad, ella sacaba palabras, miradas, gestos que apaciguaban todas las inquietudes de mi corazón. En algún breve momento de inspiración, cuyo advenimiento mis ojos de hombre habían pasado por alto completamente, ella se había enterado de repente de todo lo que tenía que saber. Ahora lo sabía. Ya no tenía necesidad de analizar mis actos, mis palabras, mis pensamientos; sin embargo, me otorgó el halago sincero de una atención fascinante que su sonrisa hacía más embriagadora. En aquellos pocos días de descanso en que, cual nadador que se vuelve de espaldas, vivíamos confiados en la seguridad de las vigorizantes profundidades, en vez de enfrentarnos a la agitación de la superficie… en aquellos días tuvimos tiempo de observarnos el uno al otro en profundidad; y vi reaparecer su sonrisa, un poco cambiada, más significativa y un poco menos risueña, como si el sufrimiento le hubiese anquilosado los labios. Pero era joven, y la juventud, tiempo de indulgencia, de ternura, de entusiasmo y de compasión, ofrece una apariencia tan dura como el mármol a la idea de la irrevocabilidad de la muerte.