La aventura
La aventura Respirando uno al lado del otro, tomando el mismo sol, y no hablando jamás de nosotros, sino dando sentido a nuestro amor como si se tratara de una prenda magnífica por encima de la considerable insignificancia de un mundo ya conquistado, no pudimos evitar darnos cuenta de las corrientes de entusiasmo y simpatía que convergían en nuestro imprescindible aislamiento de la vida del barco. Era el entusiasmo de la aventura mezclado a nuestra bebida, según la receta de Sebright. La gente se acercaba a nosotros y nos hablaba. Les prestábamos atención como si nos invocaran desde una altura; percibíamos el tono de su solicitud; y se retiraban sin precisar nada, dejándonos en libertad para volver a las cumbres del paraíso de los amantes… una región de tiernos suspiros y profundos silencios. De pronto resonaba a nuestras espaldas una corta risa gutural y Williams empezaba:
—Oiga, Kemp; ¿se acuerda usted de fulano?
Se trataba invariablemente de algún plantador o comerciante de Jamaica. Nunca pude.
Williams gruñía.
—¿No? Me pregunto qué haría usted con su tiempo durante esos dos o más años que pasó allí. El lugar no es tan grande.