La aventura
La aventura Nos volvimos, cogidos del brazo, para mirar el bote. Allí estaba, carenado sobre cubierta, con remiendos en los costados, rodeado de astillas, virutas y serrín; unos marineros pensativos lo contemplaban, de pie, con ojos serios. Doblado en dos, Sebright merodeaba a su alrededor lentamente, inspeccionándolo minuciosamente. De pronto se enderezó, pronunció un conciso: «Ella lo hará», y, sin mirarnos, se marchó afanosamente con paso rápido.
Un leve suspiro flotó sobre nuestras cabezas. Williams y su esposa aparecieron en la toldilla, encima de nosotros, cual alegórica pareja de la saciedad y la inanición, concebida en vena fantástica, sobre un balcón. Un cigarro ardía en sus rechonchos dedos rojos. Ella había deslizado una mano bajo el brazo de su marido, como hacía siempre cada vez que se acercaban el uno al otro. Nunca parecía más inútil y remilgada que cuando afirmaba así sus derechos de casada. Pero sus ojos eran maternales.
—¡Ah, mis queridos amigos! (normalmente llamaba «señorita» a Serafina, y a mí, «mi joven señor»). Parece tan cruel echarla de aquí en un bote pequeño, aunque sea por su propio bien.
—No temas, Mary. Está reparado. Tiene cabida para seis personas cómodamente —la tranquilizó Williams con un formidable mugido, como un toro.