La aventura
La aventura Yo había notado la intimidad que había nacido entre el segundo oficial del barco y Tomás. Al parecer sostenían largos conciliábulos en el camarote del oficial, tanto para conversar como por cualquier otra razón. Le pregunté a Carlos si había notado la familiaridad de su subordinado. Era evidente que Castro se mantenía apartado de cualquier otro ser viviente a bordo. Carlos me contestó con una de sus sonrisas nerviosas y enfurecidas.
—Ay, Juan mío, ¡no me hagas tantas preguntas! Desearía que me pudieses seguir hasta el final, pero no puedo contarte todo lo que sé. Ni siquiera yo mismo lo sé todo. Al parecer el hombre debe abandonar el barco en Jamaica y tiene cartas para ese tal señor Ramón, el comerciante, lo mismo que yo. Vaya, no puedo decirte más.