La aventura
La aventura Eso despertó mi curiosidad y, a partir de entonces, un poco de todo aquel misterio pareció embargar al segundo oficial, que con anterioridad no habÃa sido para mà más que un nativo de Nueva Escocia, alto y cetrino, de acento desagradable y modales más bien insolentes. Empecé a observarle intermitentemente y me alarmé bastante al sospechar, con bastante fundamento, que él también me observaba a mÃ. En una ocasión en particular creà advertirlo. El segundo oficial recorrÃa maquinalmente la cubierta con las manos en los bolsillos. En el momento en que detuvo su marcha para escupir al mar, muy cerca de mÃ, Carlos dijo:
—Oye tú, Juan, ¿qué vas a hacer en Jamaica?
La sensación de que nos aproximábamos a tierra se extendÃa ya por todo el barco. El segundo oficial me miró de soslayo con aire enigmático y se alejó lentamente. Le dije que iba a la hacienda Horton, de Rooksby, para convertirme en plantador con mÃster Macdonald, el agente de aquél. Carlos se encogió de hombros. Supongo que le habÃa hablado con cierta vivacidad.
—Ah —dijo, aparentando gran sensatez y experiencia, asà como desilusión—, poco más o menos lo mismo que hacÃas en tu casa… pasados los primeros dÃas. Trabajo duro y una gran monotonÃa.
Se puso a toser violentamente.