La aventura
La aventura —No —dijo Carlos—. Creo que no, de momento.
Y en el mismo instante el segundo oficial, abriéndose paso a codazos entre una muchedumbre de gente de la costa vestida de blanco, irrumpió detrás del señor Ramón. SostenÃa en la mano una carta.
—Me voy —dijo con cierta ferocidad, con esa voz suya aguda y nasal.
Ramón miró en torno suyo con recelo.
—Mi primo, el señor, busca a un tal mÃster Macdonald. ¿Le conoce usted, señor?
Ramón indicó con un simple gesto que le conocÃa perfectamente.
—Creo que acabo de verlo —dijo—. Voy a informarme.
Los otros tres le siguieron y se perdieron entre la multitud. Fue entonces cuando, ignorando si volverÃa a ver de nuevo a Carlos, y sintiendo toda la desesperación y la desdicha de mi soledad, busqué a Barnes en la inmensa oscuridad del entrepuente.
En el rectángulo de luz tenue que salÃa de la escotilla estaba atando su petate de cuero, impasiblemente y con bastante prosaÃsmo. Con voz rutinaria se puso a hablar de sus proyectos. Iba a encontrarse con un tÃo suyo, que le albergarÃa uno o dos dÃas antes de irse al cuartel.
—Puede que nos volvamos a ver —dijo—. Creo que me quedaré aquà muchos años.