La aventura
La aventura Cargó con su petate y trepó por la escala bastante prosaicamente. Luego dijo que buscaría a Macdonald por mí.
Era absurdo suponer que los extravagantes desvaríos del segundo oficial («¡Le colgarán! ¡Piratas!») hubiesen producido algún efecto en mí. ¿Era Carlos un pirata realmente, o Castro, su humilde amigo? Sospechar de Carlos me parecía una vileza. Dos hombres que se habían encontrado en la escotilla empezaron a hablar en voz alta. Cada una de sus palabras llegó claramente a mis oídos en medio de la quietud en la que me debatía en aquel vasto entrepuente desierto. Uno de ellos, recién llegado del país, hacía preguntas y el otro contestaba.
—Perdí media bala en el último viaje… ¡siempre la misma historia! —dijo el primero.
—¿Todavía no han puesto en fuga a esos canallas? —preguntó el otro.
El primero de los dos hombres bajó la voz. Sólo entendí el final de lo que dijo.
—… el almirante era un viejo idiota… no valía para este oficio.
Descubrió el nombre del lugar de procedencia de los piratas… Río Medio. Pero no podía atacar ese lugar únicamente con sus barcos de tres cubiertas. ¿Viste su buque insignia?