La aventura
La aventura —Los demás pensarán que es un espÃa. Los conozco —susurró Castro—. Le ahorcarán o le harán cualquier diablura. Usted no conoce a ese juez irlandés… el canaille, el amigo de los curas.
—Es muy valiente. No tendrá miedo —dijo Carlos.
De pronto me adelanté.
—No iré con vosotros —dije, antes incluso de alcanzarlos.
Castro retrocedió como si le hubiesen pinchado y cogió la mano de madera que servÃa de funda a su cuchilla de acero.
—Ah, es usted, señor —dijo, con una especie de alivio y aversión.
Con delicadeza y muy cariñosamente, Carlos empezó por invitarme a ir a la ciudad de su tÃo. Estaba seguro de que su tÃo me acogerÃa muy bien. Jamaica y la vida de plantador no me convenÃan.
Yo no habÃa hablado muy alto todavÃa, ni habÃa explicado mis intenciones con claridad. SentÃa un gran deseo de encontrar a Macdonald y llevar una vida sencilla que pudiese comprender.
—No me voy con vosotros —dije, esta vez muy alto.