La aventura
La aventura Inmediatamente se paró. A través de la escotilla de la media cubierta oÃmos un barullo de voces, de gente intercambiando saludos, llamándose alegremente por sus nombres de pila. Por encima de nuestras cabezas no dejaba de oÃrse el tumulto de unos pies arrastrándose. El barco estaba repleto de gente de la costa. Tal vez Macdonald estuviese entre ellos, incluso es posible que buscándome.
—Ay, amigo mÃo, ahora es necesario —dijo Carlos amablemente—. Debes hacerlo. Es una buena vida —susurró seductivamente, fijando en mi rostro la penetrante mirada de sus grandes y románticos ojos—. Me gustas, John Kemp. Eres joven… incluso muy joven. Pero te estimo mucho, por ti mismo y por amor a alguien a quien ya nunca más veré.
Me fascinaba. En medio de aquella penumbra era todo ojos: permanecÃa de pie en una postura lánguida, evitando los rayos de luz que salÃan de la escotilla formando una mancha cuadrada.
Yo también bajé la voz.
—¿A qué vida te refieres? —pregunté.
—A la vida en el palacio de mi tÃo —dijo, en un tono tan dulce y persuasivo que sus insinuaciones me hicieron estremecer.
Su tÃo podÃa proponerme para ostentar puestos de honor dignos de un caballero.
Me pareció despertar del sueño.