La aventura
La aventura —¡Tu tÃo el pirata! —grité y mis propias palabras me asombraron.
Tomás Castro se levantó de un salto y me puso en los labios su áspera y caliente mano.
—Estése quieto, John Kemp, no sea estúpido —me siseó con súbita energÃa.
Se habÃa acicalado, pero me pareció ver que todavÃa le colgaban harapos. Aunque se habÃa arreglado la barba, no podÃa olvidarme de los nudos que solÃan enmarañarla.
—Ya le dije a su SeñorÃa lo estúpidos y testarudos que son los ingleses —le dijo sardónicamente a Carlos—. Si el señor vuelve a hablar en voz alta, lo mato —dijo a continuación, dirigiéndose a mÃ.
Evidentemente algo le asustaba mucho.
Silencioso como una aparición al pie de la escala, Carlos se llevó un dedo a los labios y echó una mirada hacia arriba.
Castro hizo una contorsión de todo el cuerpo y yo di un paso atrás.
—Ya sé lo que es RÃo Medio —le dije, no muy alto—. Un nido de piratas.
Castro se acercó a mà sigilosamente, de puntillas.
—Señor don Juan Kemp, discÃpulo del diablo —dijo entre dientes (parecÃa muy asustado)—, ¡va usted a morir!