La aventura
La aventura Le sonreí. Temblaba de pies a cabeza. Podía oír las palabras y risas que venían de abajo por una abertura de la toldilla. Dos mujeres se estaban besando cerca de la escotilla y soltaban pequeños gritos. Las podía oír claramente.
Tomás Castro dejó caer su andrajoso capote con gesto teatral.
—¡Por mi mano! —añadió con dificultad.
Realmente estaba muy alarmado. Carlos no perdía de vista la escotilla. Estuve a punto de reírme ante la idea de morir a manos de Tomás Castro, mientras que, a menos de metro y medio de mí, la gente se reía y se besaba. Me habría reído si no hubiese sentido de pronto su mano en mi garganta. Le di una fuerte patada en las espinillas y cayó de espaldas encima de un cofre. Retrocedió uno o dos pasos, agitó el brazo, se golpeó el pecho y se volvió hacia Carlos con furia.
—Hará que nos maten —dijo—. ¿Está usted seguro de que aquí estamos a salvo? Si toda esa gente que está arriba oyese este tumulto no esperarían a preguntarle quién es su señoría. Nos harían pedazos al momento. Se lo digo yo… moi, Tomás Castro… este estúpido blanco será nuestra perdición.