La aventura

La aventura

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Carlos comenzó a toser, quedándose sin habla como un demonio invisible. Los ojos de Castro lo recorrieron furtivamente, luego me miraron a mí. Hizo un movimiento extraordinariamente rápido con la mano derecha y pude ver que me hacía frente luciendo una larga cuchilla de acero. Carlos seguía tosiendo. La situación parecía rara, incluso risible. Castro se puso a gesticular a mi alrededor: diríase un gallo ejecutando su ritual de saltos antes de atacar. Había la misma tirantez en sus músculos. Avanzó de puntillas con sumo cuidado y vino a detenerse a unos cuatro pasos de mí. Empecé a preguntarme lo que habría pensado Rooksby de todo esto, por qué el mismo Castro juzgaba necesario seguir agachado tanto tiempo. El rumor de toda aquella gente de arriba, que no dejaba de reír y de hablar, se desvaneció gradualmente en mi mente. Entonces comprendí con horror la posibilidad de una muerte a tan sólo unos cuantos pasos de ellos. Los ojos de Castro eran de un amarillo oscuro, sus pupilas estaban muy hinchadas, los pliegues de su boca se contraían con una dureza extrema. Parecía sorprendente que pudiese poner tanto ardor en una muerte tan fácil. Tenía la espalda apoyada en el mamparo; sentía su dureza en mis omoplatos. No tenía miedo, sólo una especie de encogimiento en el lugar donde se producía el contacto, como uno se encoge cuando le hacen cosquillas. Abrí la boca. Cuando finalmente iba a gritar, llamando desesperadamente a la gente que reía arriba a plena luz, Carlos se puso en movimiento, todavía agitado y con su mano blanca apretada muy fuerte sobre el pecho, y adelantándose, aferró la cuchilla de acero de Castro. Luego comenzó a cuchichear al oído velludo del español.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker