La aventura
La aventura —Eres un idiota —le entend×. No nos va a crear ninguna molestia, es pariente mÃo.
Castro hizo un gesto a regañadientes señalando el cofre de Barnes que nos separaba.
—PodrÃamos meterlo aquà dentro —dijo.
—Oh, bruto sanguinario —contestó Carlos, recobrando el aliento—; ¿es preciso siempre que te laves las manos en sangre? ¿Acaso no estamos ya bastante en peligro? Vamos… arriba. Vete a ver si el bote está allà todavÃa. Tenemos que irnos rápidamente; vamos… date prisa.
Agitaba la mano en dirección a la escotilla.
—Sin embargo… —dijo Castro.
Estaba encajando a regañadientes la cuchilla de acero en su mano de madera. Me lanzó una siniestra mirada y se inclinó para recoger su harapiento capote.
—Arriba… ¡sube! —ordenó Carlos.
—Vamos —murmuró Castro.
Y se puso a trepar torpemente por la escala, como un fardo de harapos que izaran desde arriba. Carlos puso un pie en los peldaños, dispuesto a seguirle. Volvió la cabeza hacia mà y extendió la mano, con una sonrisa en los labios.