La aventura
La aventura —Juan —dijo—, no nos peleemos. Tú eres muy joven; no puedes comprender estas cosas; no puedes sopesarlas; se te ha metido en la cabeza una idea ridÃcula. Quiero que vengas conmigo porque te aprecio, Juan; ¿crees tú que te deseo algún mal? Eres leal y valiente; además, nuestras familias están unidas.
De pronto suspiró.
—¡Yo no quiero pelearme contigo! —dije yo—. Nada de eso.
Yo no querÃa pelearme, más bien querÃa gritar. Me encontraba muy solo y él se marchaba. La aventura desaparecÃa de mi vida.
—No comprendes siquiera —añadió él armoniosamente— que siempre hay alguien que me habla por ti… siempre hay alguien. Pero algún dÃa lo comprenderás. Algún dÃa… regresaré por ti.
Me miró y sonrió, provocándome una emoción de una profundidad desconocida para mÃ. Si me lo hubiese pedido, me habrÃa ido con él.
—Algún dÃa —repitió, con un tono de voz de una extraordinaria cadencia.
Su mano estrechó la mÃa y yo me estremecà como si se tratase de la mano de una mujer. Siguió estrechándomela suavemente.