La aventura
La aventura —Algún dÃa —dijo— te devolveré lo que te debo. Hubiese querido que me acompañases porque voy a meterme en algún peligro. Te necesito. Adiós. Hasta más ver.
Se inclinó sobre mà y me besó ligeramente en la mejilla, luego se marchó, trepando por la escala. Tuve la impresión de que el fulgor de la aventura desaparecÃa de mi vida. Cuando alcanzó la parte superior de la escala, alguien empezó a gritar con aspereza, sorprendentemente. Escuché mi propio nombre y las palabras «el hombre que estabas buscando».
La luz se ocultó y la voz se puso a clamar con insistencia.
—John Kemp, Johnnie Kemp, vamos. Aquà está el hombre que estabas buscando. Aquà está Macdonald.
Era la voz de Barnes y asimismo la voz de todos los dÃas. Descubrà que habÃa sufrido un trastorno tremendo. Las sienes me latÃan violentamente y hubiese querido cerrar los ojos… ¡para dormir! Estaba cansado; la aventura me habÃa abandonado. Barnes y ese Macdonald que acababa de encontrar representaban a mis ojos a todos los insectos laboriosos de este mundo; a todas las hormigas que están siempre acarreando cargas enormemente pesadas e insignificantes hasta lo alto de fatigosos montÃculos, o hasta el fondo de escarpadas pendientes, sin conseguir llegar a ninguna parte ni hacer nada.