La aventura

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No obstante me apresuré y, al llegar a la escotilla, tropecé con un hombre que estaba mirando hacia abajo. No me dijo nada. La luz me estaba deslumbrando.

—Este es el Macdonald que buscabas —observó Barnes precipitadamente.

Y dándome la espalda, se olvidó de mi existencia. Me sentía más solo que nunca. El hombre que estaba frente a mí mantenía la cabeza baja como si pensara abalanzarse contra mí.

Empecé a decirle entrecortadamente que tenía una carta de «mi… mi… cuñado… Rooksby… Ralph Rooksby». Jadeaba como si hubiese corrido un largo trecho. Él no me dijo nada. Busqué a tientas la carta en un bolsillo interior de mi chaleco. Me sentía muy asustado. Macdonald guardaba un silencio ominoso; su enorme cuerpo estaba envuelto más que vestido con una gran cantidad de inadecuada tela blanca; sostenía en la mano una gran sombrilla ribeteada de un verde intenso. Su rostro estaba muy pálido y tenía la plomiza transparencia de una alcachofa hervida, con una franja de barba roja, veteada de gris, como la espuma que bordea la marea ascendente. Finalmente advertí que su manera de presentarme la frente se debía a un increíble estrabismo… una forma de bizquear que daba la impresión de estar realizando con los músculos del cuello alguna retorcida y provocativa proeza.


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