La aventura
La aventura Conservaba una expresión de sospechosa inescrutabilidad. La mano que cogió mi carta era muy grande, muy blanca, y debía ser, al parecer, terriblemente flácida al tacto. Con la otra se puso sobre el puente de la nariz un par de gafas enormes con montura de madreperla (exactamente como las de una cobra) y empezó a leer, sin decir absolutamente nada. Para él, y todo lo que representaba, eso significaba que yo había dejado plantado a Carlos y todo lo que él representaba. Me parecía que yo merecía ser recibido con aclamaciones. No ocurrió así. Leyó la carta lentamente, contoneándose, con la sombrilla y todo lo demás, como si fuese un elefante soñoliento. Una vez me guiñó un ojo, con aire meditabundo, por encima de la montura de madreperla. Lo hizo de una manera tan lenta, tan deliberada, que yo mismo empecé a preguntarme si Carlos y Castro estarían todavía a bordo. Me pareció que pasó al menos media hora antes de que Macdonald se aclarase la voz, con un ruido que semejaba el gorgoteo de una bomba defectuosa; entonces preguntó con un mero hilo de voz:
—¿Qué pruebas tiene de su identidad?
No tenía ninguna y empecé a toquetear mis ojales, tan avergonzado como un pobre ante un tribunal de justicia. De pronto tuve la certeza de que Carlos, aunque consintiese en jurar por mí, más bien me perjudicaría.