La aventura

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No pude evitar el pensar que estaba a punto de ser arrojado a la deriva a las calles de Kingston. A mis aseveraciones, Macdonald no respondía más que con una serie de nimios «¡bah!». No sé qué fue lo que venció sus escrúpulos; no había dado señales de que fuese a rendirse, pero de pronto, dándose media vuelta, hizo un gesto con una de sus flácidas manos blancas. Comprendí que quería decirme que le siguiera hasta la popa.

Un tumulto de voces de negros de brazos musculosos y fuertes espaldas invadía las cubiertas. Sus relucientes rostros negros parecían estar momentáneamente cortados para exhibir su doble fila de dientes blancos, y salpicados de globos oculares incrustados. Los ruidos que llegaban de semejante tropel de gente formaban un alboroto enloquecedor. Acarreaban el equipaje sin ton ni son. Un gran fardo blando de ropa de cama casi me hizo caer. No había sitio para la emoción. Macdonald la emprendió a golpes con el mango de su sombrilla, abriéndose paso desde la cubierta; pero el pasillo que se abría a su paso, se cerraba tras él.

Entre prisas y empujones, de pronto descubrí un pequeño rincón libre junto a una pila de cajas y reconocí, inclinada sobre ellas, la figura angulosa de Nichols, el segundo oficial. Me miró, clavando en mí sus ojos.

—¿Va a desembarcar —preguntó— con ese arrogante Billy?


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