La aventura
La aventura —Entonces, supongo que O’Brien sabe dónde echarle mano. Pero independientemente de dónde esté, en prisión o no, el almirante nunca lo cogerá. Aunque lo tuvieran, no podrían pensar en soltarlo: sabe demasiadas cosas. Y recuerde que si O’Brien está incómodo, de ningún modo está fuera de combate todavía. Un hombre como ése no se deja abatir como un bolo. Puede estar usted bien seguro de que tiene veinte esqueletos guardados en lugares adecuados, que sacará uno por uno antes que dejarse aplastar. No va a darse por vencido. Hace algunos días, un sacerdote, su sacerdote, ya lo sabe usted, regresó aquí a pie desde Río Medio y, retorciéndose las manos, declaró que él sabía toda la verdad y tenía la intención de armar un alboroto. Sin embargo, O’Brien zanjó el asunto enseguida: hizo que el arzobispo le ordenase retirarse, como ellos dicen, a un convento franciscano a unos ciento sesenta kilómetros de allí. Son cosas que se cuchichean en los bajos fondos de aquel lugar.
Imaginé al pobre padre Antonio llorando por nosotros con resignación en su retiro forzoso, con el corazón destrozado, y murmurando: «Inescrutable, inescrutable». Me habría gustado ver al viejo.