La aventura
La aventura —Le aseguro que en la ciudad se murmura bastante sobre las atrocidades de este asunto —prosiguió Sebright—. Es habitual que la gente elegante vaya a ver lo que yo llamarÃa los vestigios del crimen. Se exhiben en el vestÃbulo del Palacio de Justicia. Pues bien, yo también fui a verlos. Hay que traspasar una puerta basculante y entrar en una gran sala no más alegre que una carbonera monstruosa, y allÃ, expuestos en una mesita negra, pueden verse el chal de lana de la señora Williams, el peine de carey de su Señorita, que de algún modo se habÃa enredado en aquél, y mi viejo gorro que le presté a usted… ¿se acuerda? Le aseguro que me horrorizó ver esas condenadas cosas por ahà diseminadas bajo aquella sombrÃa luz religiosa. Que el demonio me lleve si no salà de allà completamente indispuesto. Y todo el tiempo se detenÃan ante el pórtico elegantÃsimos carruajes, y mujeres vestidas de punta en blanco entraban en parejas y trÃos, suspirando por el chal de la señorita y elevando los ojos: «¡Ah! ¡Pobrecita! ¡Pobrecita! Qué extraño que ese echarpe perteneciese a la señora Williams. Es muy basto. Perecer asà en la flor de la juventud. ¡IncreÃble! ¡Oh, qué inglés más cruel y salvaje!».