La aventura
La aventura Pero si eso fue así, los lugareños de Manuel estaban ahora en La Habana. Sebright hizo notar que, tal como estaban las cosas, aquel era el lugar más seguro para ellos, bajo el ala de su patrón. Sebright había reconocido la goleta inmediatamente. Esta llegó muy de mañana y fue remolcada discretamente y apartada entre un montón de pequeñas embarcaciones amarradas en la parte baja del puerto.
El aprovechó la primera ocasión que se le presentó para preguntar a uno de los centinelas del muelle cuál era ese bonito barco que estaba allí, sólo para oír la respuesta del hombre. Le aseguró que era un mercante de Puerto Rico sin importancia, bien conocido en el puerto.
—No se preocupe por esos canallas; no pueden hacerle nada más.
Sebright alejó de mi vista a los lugareños. Desgraciadamente para nosotros, el capitán había desembarcado. El barco estaba preparado para zarpar: completamente limpio, con los papeles a bordo, podía zarpar en una hora si querían; pero, en todo caso, a la mañana siguiente, al alba, antes de que O’Brien descubriese la llegada de la drogher de los Riego. El juez solía estar siempre bien informado de cualquier movimiento en el puerto; pero aquel día era festivo y probablemente no se enteraría hasta el día siguiente.