La aventura
La aventura Hasta las fiestas eran útiles a veces. En su ansia por descubrir a Serafina, O’Brien había hecho tales travesuras con los navíos extranjeros (después de que en el Lion se hubiese llevado un chasco) que el cuerpo consular al completo había dirigido una protesta conjunta al Gobernador, y al juez le ordenaron que se moderase un poco. Ningún barco debía ser visitado más de una vez. Sin embargo, yo había podido ver con mis propios ojos a los soldados que iban en una barca a embarcarse en el bergantín estadounidense: una tripulación de comedores de ajo que emponzoñaban los camarotes con su aliento y metían las narices en todo. Desde nuestro supuesto ahogamiento había habido, desde luego, una tregua; pero a la menor cosa O’Brien podía empezar de nuevo. Decían que el dolor casi le había hecho perder el juicio, dado su gran apego por la familia. Se paseaba como aturdido, padecía de insomnio, y desde hacía una semana no estaba capacitado para presidir su tribunal.
—Pero no esperará usted que Williams regrese a bordo inmediatamente, ¿verdad?
Sebright sacudió la cabeza.