La aventura

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—Pasa usted —dijo el juez impasiblemente— de mis manos a las del Tribunal de la Marina. Estoy convencido de que un individuo como usted bien se merece un juicio. Ahí termina mi responsabilidad.

—Pero le aseguro —grité entonces— que este O’Brien es mi enemigo personal.

El anciano sonrió mordazmente.

—El señor no tiene nada que temer de nuestros tribunales de justicia. Será entregado a sus compatriotas. Sin duda, de ellos obtendrá justicia.

Hizo señas al lugareño para que se fuese y se levantó, recogiendo sus papeles; luego se inclinó sobre O’Brien.

—Dejo el criminal a disposición de su Señoría —dijo, y salió con su pasante.

O’Brien despidió a los dos soldados y se quedó solo. Nunca habría visto tan cercana su muerte, ya que por pura curiosidad, por mero deseo de saber lo que él podría decir, le habría machacado los sesos con el taburete del pasante. Iba a hacerlo; di un paso hacia el taburete. Entonces vi que estaba llorando.

—Maldición… que la maldición de Cromwell caiga sobre usted —dijo de pronto entre sollozos—. De nuevo reaviva usted mi suplicio —todo su cuerpo se retorció—. ¡Dolor! —dijo—. Lo conozco perfectamente. Pero ¿qué es esto? ¿Qué es esto?


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