La aventura

La aventura

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Vi como en un destello que todos sus motivos para sufrir desfilaban frente a mí cual sombría procesión.

—Un hombre puede soportar la muerte, el fin —murmuró—. Pero esto… No saber… tal vez esté viva… tal vez escondida… puede estar muerta… Dígame cómo logró escapar —me ordenó, cambiando bruscamente de tono, como un fogonazo.

Yo tenía una vaga sospecha acerca de la verdad.

—No se merece usted que un hombre decente le dirija la palabra —le dije.

—Usted la dejó ahogarse.

Eso me dio inmediatamente la medida de su ignorancia; no sabía nada… absolutamente nada. Su suplicio era la incertidumbre. Bien, que permaneciese en ella.

—¿Dónde está ella? —dijo él—. ¿Dónde está?

—En donde estuviere, no tiene nada que temer de usted —respondí yo.

De pronto hizo un gesto convulsivo, como si buscase un arma.

—Si usted me dice que está viva… —comenzó a decir.

—Oh, yo no estoy muerto —contesté yo.

—Jamás ningún cachorro ahogado lo estuvo más —dijo él, animándose de pronto—. Lo colgarán aquí… por asesinato, o en Inglaterra por piratería.


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