La aventura

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—Entonces no tengo motivos para querer seguir viviendo —me burlé de él.

—Usted dejó que ella se ahogase —me dijo—. Se la llevó de su casa, a pesar de ser sólo una joven, en una barquita. Y todavía osa sostener la cabeza en alto.

—Traté de librarla de usted —respondí yo.

—¡Por Dios! —dijo—. Estos ingleses… los he visto ensartar a un niño en el pecho de la madre. Los he visto prender fuego al techo de paja de la viuda sin hijos. Pero esto… Pero esto… Puedo salvarle, se lo aseguro.

—Usted no puede hacerme pasar por tormentos peores de los que ya he soportado —le contesté.

Podía desearme los mayores sufrimientos, pero eso era todo: mi vida era demasiado preciosa para él hasta que hablase. Y no iba a hablar.

—Registraré todos los barcos que hay en el puerto —me dijo apasionadamente.

—Hágalo —le dije yo—. Utilice los lugareños para ese cometido.

En suma, yo no estaba demasiado asustado. A menos que consiguiese pruebas evidentes, él no podía tocar de nuevo el Lion, enfrentándose a las protestas del cónsul y en presencia del almirante. Sus ojos se fijaron en mí con atención.


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