La aventura
La aventura —Usted llegó en el bergantÃn estadounidense —dijo—. Se sabe que desembarcó en su chalupa.
No le contesté; era bastante evidente que no le habÃan comunicado la llegada de la drogher, o que la habÃan registrado inútilmente.
—En la chalupa del bergantÃn —repitió él—. Le aseguro que sé que ella no ha muerto; incluso usted, aunque sea inglés, tendrÃa una expresión diferente si ella hubiese muerto.
—Al menos yo no le he pedido que me deje vivo —dije yo— para divertirme con ella.
—Ella está viva —dijo él—. ¡Viva! En cuanto a dónde está, eso importa poco. Registraré cada pulgada de la isla, cada camino, cada hacienda. Usted no se da cuenta de mi poder.
—Entonces registre el fondo del mar —grité yo.
—Examinemos las cosas en su verdadero aspecto.
HabÃa logrado dominar su aflicción, su incertidumbre. Otra vez era el de siempre, y habÃa recuperado su sonrisa, como si ahora forzase sus rasgos hasta recobrar sus trazos originales.
—EnvÃe al cielo a uno de sus frailes… usted nunca irá allá para encontrarse con ella.
—Si me dice que está viva, le salvaré.
Hice un gesto mudo, obstinado.