La aventura
La aventura El llavero se enjugó el rostro con un trapo marrón que le servía de pañuelo y dijo:
—Que me aspen si vuelvo a entrar en este lugar.
Al cabo de un rato añadió:
—A menos que me vea obligado a hacerlo.
No dije nada; mis nervios seguían crispados por aquel grito y el ruido metálico de las puertas de hierro que se habían cerrado a mis espaldas. Sentí un irresistible impulso de coger el candelero de hierro y romperlo en el cráneo del llavero… como había hecho al que había matado al padre de Serafina… de matar a ese hombre y luego arrastrarme a lo largo de los negros pasadizos y abatir uno tras otro a los que vigilaban las puertas de hierro, hasta conseguir salir al aire libre.