La aventura

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—Pensaría usted —empezó de nuevo— que nos acostumbraríamos, ¿no es cierto?… pero eso requiere mucho esfuerzo. Nunca se sabe lo que harán los prisioneros en una escena como ésa. Les vuelve locos. Mire esta cicatriz. Me la hizo Machell el herrero, antes de ser condenado, después de un sermón como ése… un hombre tranquilo y caballeroso, muy parecido a mí. ¡Señor!, sí, se requiere mucho esfuerzo —hizo una pausa, enjugándose todavía el rostro, y después continuó—… Y juro que cuando veo a esos hombres sentados allí en aquel banco negro, y oigo afuera el tableteo de los martillos en el cadalso, sabiendo que no tienen más posibilidades de salir de aquí que usted mismo —apuntó su corto pulgar hacia el orificio, apenas como un pañuelo, donde vacilaba la luz azulada que se difuminaba a través de los dos montantes de hierro cruzados a lo largo de los tres metros del pozo—… ¡Señor!, nunca se acostumbra uno a eso. Quisiera uno que se escapasen; se respira en el ambiente, en toda la prisión, incluso los deudores. Me digo una y otra vez: «Eres un tonto por quemarte la sangre». Pero le pasa lo mismo a los otros… mis compañeros. No puedo quitármelo de la cabeza. Ese pobre chico. He visto ahorcar niños; pero ese pobre chico… es tan seguro que le van a ahorcar… como que le van a colgar a usted…

—¿Cree que me van a colgar? —pregunté.


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