La aventura
La aventura Yo no querÃa tenerlo en vilo por más tiempo; sólo querÃa oÃrle hablar. No habÃa oÃdo ni una palabra durante meses y meses de soledad, de oscuridad… a bordo del barco del almirante, varado en Plymouth, dando tumbos a lo largo de la costa, y ahora aquà en Newgate. Y todo el tiempo habÃa estado a oscuras. ¡Por Júpiter! Aquella época en Cuba, con sus idas y venidas, sus mezquindades, sus intrigas, sus entusiasmos… incluso sus villanÃas, la recordaba con vivos colores en el frÃo húmedo de estas tinieblas. Aquello sà que habÃa sido una vida de aventuras.
Empequeñecida, lejana, e irrevocablemente terminada, parecÃa una época dorada. Donde yacÃa ahora, la aventura brillaba por su ausencia; y tenÃa grilletes en las muñecas; y era vÃctima del odio, la oscuridad y la desesperación.
Durante mi regreso a Inglaterra a bordo del buque insignia me habÃan encadenado en el sollado de los cables… un lugar desde donde podÃa sentir cada costura del barco. Una vez se originó un jaleo, un tumulto espantoso. Fuera habÃa un gran temporal. Un marinero bajó con un farol y me tiró mi galleta.
—Maldito pirata —dijo—, a lo mejor nos salvas de morir ahogados.
—¿Es muy fuerte el temporal? —habÃa gritado yo.