La aventura

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Más tarde, otro barco, estadounidense, había aparecido en lontananza y los piratas salieron en su persecución. Cuando terminó su declaración, lord Stowell desplazó una de sus manos. Fue como si un lagarto gris recorriese su escritorio, un poco en mi dirección.

—Ahora es el turno del prisionero —dijo.

Respiré profundamente. Durante unos instantes pensé que, después de todo, había algo de juego limpio en todo aquel asunto… que tenía ante mí a un hombre bueno y justo, de ojos azules. Me miró fijamente y yo le devolví la mirada; diríase que lo que estaba en juego en la lucha era un cinturón. La chica joven del banco había entreabierto los labios y se había echado para delante, la cabeza un poco ladeada.

—Juraría usted que yo era ese hombre… Nikola el Escocés.

Sadler me miró a los ojos pensativamente; era un duelo entre nosotros dos.

—No lo juraré —dijo él—. Usted tenía la tez morena y no llevaba barba.

Durante mi estancia en prisión me había crecido un ligero vello por las mejillas. Me pasé la mano por encima y pensé que él había dado en el clavo.

—Usted no debe referirse a mí —dije yo—. Juro que yo no era ese hombre. ¿Hablaba como yo?

—No podría asegurarlo —respondió Sadler, moviendo un pie y luego el otro.


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