La aventura

La aventura

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La gente de los alrededores, propietarios que vivían en sus tierras desde hacía tiempo, de los pocos que quedaban todavía en el valle, al principio se mostraron bien dispuestos en mi favor. La señora Topnambo, persona altanera y ajada, que lucía adornos de color rosa, marcaba el ton de aquella sociedad rural, en la medida en que pueda marcarse el ton a una sociedad que gustaba de la hospitalidad, especialmente los jolgorios y los festines. Ella intentó por todos los medios sacarme del ambiente de los Macdonald, procurando que marcase las diferencias entre esa gente y yo, ya que era nieto de un conde. Los Topnambo eran los mayores partidarios de la legalidad en aquel lugar, mientras que los Macdonald eran los principales separatistas. Pero yo me sentía vinculado a los Macdonald. Buscaba aventuras, ya me entienden, y no podía encontrar ninguna con esa señora Topnambo, con su reseca piel gris y sus remiendos rosas en el cuello, siempre acostada en habitaciones sombrías y oscuras, hablando quejumbrosamente de «su tío, el conde», a quien yo no había visto jamás. Tampoco me llevaba mucho mejor con los hombres. Eran también muy altaneros y quejosos, cuando no borrachos y pendencieros, de una forma incomprensible. Sus veladas no parecían ser más que una constante sucesión de carcajadas, entre los indecorosos tambaleos de pantalones blancos en las noches claras… a la vuelta de la esquina de cobertizos desfondados. Nunca comprendí los orígenes misteriosos de su humor y no tenía dinero suficiente para incorporarme a sus prodigalidades. Además, era demasiado orgulloso para endeudarme con ellos. Al final, ni siquiera me reconocían cuando nos cruzábamos en los caminos; me consideraban un cachorro de noble, pusilánime y degenerado, un traidor separatista… y me dejaban ganar dinero vigilando a los negros. La señora Macdonald, aunque era una buena separatista, como convenía a la esposa de su marido, siempre tenía en los labios la palabra «hogar». Una vez había visitado a los Rooksby en Horton. Había atesorado un montón de menudencias, vestigios de mi olvidada infancia, y estuvo hablando tanto y tan bien de ellas, que el pasado parecía una época completamente deseable y el presente bien sombrío.


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