La aventura
La aventura Se le había metido en la cabeza que yo debía ganar dinero y sacar honestamente unos peniques. Creo que realmente me apreciaba.
Fue esa idea la que le llevó a presentarme a Ramón, «un estimado comerciante español de Kingston y Spanish Town». Ramón me había parecido bastante misterioso cuando lo había visto en compañía de Carlos y Castro; pero, una vez devuelto al ambiente familiar de los Macdonald, se había convertido sencillamente en un español de gran estatura y complexión morena, con gafas doradas, taciturno, y un excelente compañero. Casi todo mi español lo aprendí de él. El único misterio en su vida era el precio excesivamente barato al que vendía sus mercancías bajo el mástil que había frente a la casa del almirante Rowley, King’s House como la llamaban. Se decía que incluso el almirante tenía frecuentes tratos con Ramón; al menos tenía la reputación de querer ganar dinero honradamente, como yo. De cualquier modo, a todos, desde los plantadores más orgullosos hasta el director del Buckatoro Journal, vecino suyo, les gustaba charlar con Ramón, quien, por su inmensa variedad de conocimientos, era tan profundo como un pozo de ciencia… y tan apacible.