La aventura

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A través de él yo solía comprar los productos de la isla, que embarcaba con destino a Nueva Orleáns; y una vez vendidos, reimportaba partidas de artículos de mercería, obteniendo doble beneficio. Siempre estaba dispuesto a ayudarme, y también a hablar conmigo, asegurándome que profesaba un inmenso respeto por mis parientes, los Riego.

Así fue cómo, al final de mi segundo año en la isla, llegué a hablar con él. La diligencia debía de haber traído una carta de Verónica, la cual estaba a punto de dar un heredero a Rooksby; pero la carta se retrasó inexplicablemente. Yo había estado dos veces en la oficina de la diligencia y regresé maquinalmente al almacén de Ramón. Estaba hablando con su vecino, el director del Buckatoro Journal, y otro individuo que, mientras yo paseaba por la resplandeciente plazoleta, había llegado a caballo, apresuradamente, hasta los escalones de los soportales. El jinete estaba hablando con los dos hombres y gesticulaba exageradamente con las manos. Luego se había ido, espoleando su caballo, y el director del periódico, un jorobado de corta estatura y ojos brillantes, se había quedado a pleno sol, hablando con Ramón con mucho entusiasmo.




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