La aventura
La aventura Yo conocía bien a ese divertido, curioso, retorcido y satánico hombre de mundo que era una especie de sobrino de los Macdonald, y uña y carne de todos los separatistas escoceses de la isla. Había fundado un sorprendente y escandaloso periódico que, para evitar el secuestro, cambiaba de nombre y de oficina casi a cada número, y del que los legitimistas, como los Topnambo, decían que ejercía una influencia funesta.
El tipo subsistía en buena medida gracias a la caridad de gente como los Macdonald, y a veces solía verlo yo al atardecer escuchando a la señora Macdonald, sentado en la veranda junto a la hamaca de ella, con la cabeza bastante inclinada hacia un lado sobre el pecho, y la gran joroba rebasando su pequeño y pálido rostro, mientras revolvía con las manos sus desgreñados cabellos negros. La señora Macdonald le chismorreaba todos los escándalos del valle y el Buckatoro Journal sacaba provecho de ello, adornándolos.