Nostromo
Nostromo Esto último podía ser mas o menos cierto. La señora de Gould, al acompañar a su esposo por toda la provincia en busca de trabajadores, había conocido el país observándolo con mirada más atenta y penetrante que cualquiera costaguanera castiza. Vestida de amazona, con traje deslucido por la brega del viaje, la cara blanca de polvos de tocador como busto de escayola, protegida además por una mascarilla de seda, durante las horas de sol abrasador, cabalgaba en un bonito y ligero pony en el centro de un grupo de jinetes. Dos mozos de campo, pintorescas figuras, de enormes sombreros, espuelas calzadas sobre los talones descalzos, calzoneras bordadas de blanco, jubones de cuero y ponchos estriados, caminaban delante, las carabinas a la espalda, oscilando al compás del paso de los caballos. A retaguardia iba una tropilla de acémilas, a cargo de un enjuto muletero de rostro moreno, que montaba su orejuda bestia, sentado a horcajadas cerca de la cola, con las piernas muy echadas hacia delante y el sombrero de ala ancha al cogote formando una especie de halo alrededor de su cabeza. Para comisario y organizador de la expedición había sido recomendado por don José un veterano oficial de Costaguana, comandante retirado, de humilde origen, pero protegido por las principales familias a causa de su opiniones blanquistas. Las puntas de su bigote entrecano le caían muy por debajo de la barbilla, y, cabalgando a la izquierda de la señora Gould, recorría con su bondadosa mirada el paisaje, señalando sus particularidades topográficas, diciendo los nombres de los pequeños pueblos, de las extensas fincas, de las haciendas que con sus alisados muros semejaban largas fortalezas coronando los oteros del valle del Sulaco. Ofrecía éste a la vista verdes campos cultivados con plantas tiernas aún, llanuras, bosques, lucientes ramales de agua; un conjunto semejante a un parque, dilatándose desde el vapor azul de la sierra lejana hasta los confines de un inmenso horizonte de praderas y cielo, donde flotaban nubarrones blancos, que parecían caer lentamente en la oscuridad de sus propias sombras.