Nostromo
Nostromo Mozos de labor rasgaban la tierra con arados de madera, tirados por yuntas de bueyes, empequeñecidos por la vasta extensión en que se movían, como luchando con la inmensidad misma. A lo lejos galopaban figuras de vaqueros, y las grandes vacadas pacían, abatidas las cabezas de uniforme cornamenta, en una línea ondulante que se prolongaba hasta donde la vista podía alcanzar cruzando los amplios potreros.
Junto al camino, una frondosa plantación de algodoneros sombreaban un rancho techado con cañas y bálago; las cansinas hileras de indios cargados se quitaban los sombreros y miraban con ojos tristes y mudos a la cabalgata que levantaba el polvo del camino real, construido por sus antepasados. Y la señora Gould, cada día de viaje, parecía comprender y sentir más de cerca el alma del país, que se le revelaba en su tremendo estado interior, no afectado por el somero tinte europeo de las ciudades de la costa; país inmenso de llanuras y montañas, que sufría en silencio, aguardando la redención venidera en una patética inmovilidad de paciencia.