Nostromo

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Pero si tan lamentable era la condición del pueblo bajo, de los indios reducidos al último grado de miseria, también en las familias de los hacendados había quejas y agravios que oír. Conoció su género de vida y su hospitalidad, otorgada con una especie de dignidad somnolienta en aquellas casonas de largos muros sin ventanas, y pesados portales abiertos frente a tendidos pastizales, barridos por el viento. Con caballerosa cortesanía se le cedía la cabecera de la mesa, donde amos y criados se sentaban a estilo patriarcal. Las señoritas de la casa solían platicar blandamente, a la luz de la luna, bajo de los naranjos de los patios, causando a la sorprendida viajera honda impresión con la dulzura de sus voces y un algo misterioso que había en la quietud de sus vidas. Por la mañana, los dueños de las fincas, caballeros en buenos bridones, con sombreros de ala ancha y trajes de montar bordados, con mucha plata en los arreos de los caballos, salían, escoltando a los huéspedes que partían, hasta los mojones de sus haciendas, donde les daban con gravedad el adiós de despedida.






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