Nostromo
Nostromo Realmente se estaba haciendo una costaguanera. Habiendo tenido ocasión de conocer en el mediodía de Europa a la gente campesina, se hallaba en condiciones de apreciar el gran valor del pueblo. Vio al ser humano en el estado de bestia de carga, silenciosa y de mirada triste. Le vio en el camino, transportando cargas; solitario en la llanura, bregando bajo de su sombrerón de paja, con los blancos vestidos aleteando al soplo del viento alrededor de su cuerpo; de su paso por las aldeas conservó en su memoria algún grupo de indias junto a una fuente, o el rostro de alguna joven indígena de perfil melancólico y sensual, en ademán de levantar una vasija de barro cocido, llena de agua fresca, a la puerta de una oscura choza con soportal de madera, atiborrada de enormes cántaros negruzcos.
Tal cual carreta de bueyes, atascada en el polvo hasta el eje, mostraba en sus toscas ruedas de madera, macizas y sin radios, que en su construcción no había intervenido más instrumento que el hacha. En otro lugar contempló una cuadrilla de portadores de carbón, durmiendo tendidos en fila en la faja de sombra proyectada por sus cargas desde la parte superior de una baja pared de barro.