Nostromo

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«Prepara a nuestra pequeña tertulia de ésa para acoger de buen grado el nacimiento de otra república sudamericana. Una más o menos, ¿qué importa? Muchas brotaron quizás como flores envenenadas en el terreno abonado de instituciones corrompidas; pero la semilla de ésta ha germinado en el cerebro de tu hermano, y eso debe bastar para merecerle tu ferviente aprobación. Te escribo la presente a la luz de una vela, en una especie de posada, cerca del puerto, la cual tiene por patrón a un italiano llamado, Viola, protégé de la señora de Gould. El edificio, que, según mis noticias, hubo de ser construido hace tres siglos por uno de los conquistadores, arrendatario de la pescadería de perlas, es tan silencioso como un convento de cartujos. En el llano, entre la ciudad y el puerto, reina el mismo silencio, pero menos oscuridad porque las cuadrillas de obreros italianos que dan guardia a la vía férrea han encendido hogueras a lo largo de ella. No estaban tan tranquilos ayer estos alrededores. Hemos tenido una revuelta espantosa, un repentino levantamiento del populacho, y no ha quedado suprimido hasta hora avanzada de hoy. Su intento fue el saqueo, pero se frustró, como ya sabrás por el cablegrama enviado vía San Francisco y Nueva York la noche pasada, cuando estaba todavía abierto el servicio. En ese despacho habrás leído que la vigorosa intervención de los europeos del ferrocarril ha salvado de la destrucción a la ciudad, y puedes creerlo. Yo mismo escribí el cable. Aquí no tenemos ningún corresponsal de la agencia Réuter. He sido uno de los que han hecho fuego contra las turbas desde las ventanas del club en compañía de algunos otros jóvenes de posición. Nuestro fin era mantener limpia de revolucionarios la calle de la Constitución para facilitar el éxodo de las señoritas y niños que se han refugiado a bordo de un par de barcos mercantes, anclados ahora en este puerto. Eso fue ayer. También te habrás enterado por el cable de que el presidente Rivera, que había desaparecido después de la batalla de Santa Marta, ha venido a parar a Sulaco por una de esas extrañas coincidencias casi increíbles, cabalgando en una mula coja, y ha llegado aquí en lo más recio de la lucha en las calles. Parece ser que ha huido en compañía de un acemilero, llamado Bonifacio, al través de las montañas, y que intentando escapar de Montero, vino a caer en las manos de una turba enfurecida».


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