Nostromo
Nostromo —Oiga, señor —prosiguió Nostromo—. Yo no he opuesto la menor dificultad a cumplir la orden. Tan luego como oà que se me necesitaba y eché de ver que iba a ser negocio desesperado, me resolvà a sacarle adelante. No habÃa un minuto que desperdiciar. Pero en primer lugar tuve que aguardar por usted, y luego, cuando llegué a la «Italia Una», el viejo Giorgio me gritó que fuera a buscarle el médico inglés. Después la pobre moribunda quiso verme, como usted sabe. Señor, yo me resistÃa a ir. SentÃa ya la carga de esta maldita plata que me pesaba cada vez más, y calculaba que, al sentirse morir, habÃa de pedirme que fuera otra vez a buscarle un sacerdote. El padre Corbelán, que es valiente, hubiera venido tan luego como le hubiera avisado; pero está muy lejos, se puso a salvo uniéndose con la cuadrilla de Hernández; y el populacho, que hubiera querido hacerle pedazos, al verse defraudado se ha puesto furioso contra todos los curas. Con dificultad hubiera accedido ningún padre a sacar la cabeza de su escondrijo en una noche como ésta, a no ser tal vez bajo de mi protección. Ella no lo ignoraba. Fingà no creer que estuviera a punto de morir, y, señor, me negué…, a buscar un sacerdote para una mujer moribunda…
Al decir esto, oyó rebullir a Decoud.
—¡Ha hecho usted eso, capataz! —exclamó, y mudando de tono añadió—: Bien, ¿sabe usted? No estuvo del todo mal.