Nostromo
Nostromo —¿Usted no cree en los curas, don Martín? Tampoco yo. ¿Para qué iba a perder el tiempo? Pero el caso es que ella… ella cree, y mi negativa me aprieta ahora el corazón. Quizá haya muerto a estas horas; y aquí estamos nosotros perdidos en la oscuridad de este golfo sin el menor soplo de viento. ¡Malditas supersticiones! Se habrá muerto creyendo que yo la he privado de la gloria, supongo… ¡Ah! Este traslado de la plata va a ser mi ruina.
Decoud calló, sumido en profunda reflexión. Se esforzaba por analizar las emociones despertadas por lo que había oído. La voz del capataz sonó de nuevo.
—Ahora, don Martín, cojamos los remos y veamos de arribar a Las Isabeles. O eso, o hundir la gabarra si nos sorprende el día. No debemos olvidar que el vapor salido de Esmeralda con tropas está quizá llegando. He hallado aquí un cabo de vela, y tenemos que aventurarnos a correr el riesgo de llevar una luz encendida para dirigir la lancha por la brújula. No hay miedo de que el viento nos deje a oscuras. ¡Así caiga la maldición del cielo sobre este negro golfo!