Nostromo
Nostromo Brilló una pequeña llama ardiendo vertical, y su luz bañó el recio costillaje y tablazón de la parte cóncava y vacía de la gabarra. Decoud pudo ver a Nostromo que se había puesto de pie para hacer más fuerza con el remo. El resplandor de la candela le iluminaba hasta la faja roja que le ceñía la cintura, reflejándose en la culata plateada del revólver y permitiendo distinguir el mango de madera de un largo puñal que asomaba en el lado izquierdo. Martín se aprestó a remar con todas sus fuerzas. Ciertamente no soplaba bastante viento para matar la candela, pero la llama osciló un poco al avanzar despacio el pesado lanchón. La carga de plata la inmovilizaba de tal modo, que, a pesar de sus esfuerzos, no lograron comunicarle un andar de más de una milla por hora. Pero bastaba para llegar a Las Isabeles mucho antes que amaneciera. Podían contar con seis horas largas de oscuridad; y la distancia del puerto a la Gran Isabel no excedía de dos millas.