Nostromo
Nostromo Decoud se fatigaba en esta ruda faena, y culpaba de tan penoso esfuerzos a la impaciencia del capataz. De cuando en cuando descansaban, y entonces aguzaban el oído para recibir el rumor del barco procedente de Esmeralda. En aquella perfecta calma un vapor en movimiento se hubiera oído a gran distancia. En cuanto a ver algo, no había que pensar en ello; los dos hombres no podían verse uno a otro, y la misma vela de la gabarra, que seguía desplegada, era invisible. A menudo suspendían su trabajo de remar.
—¡Caramba! —dijo Nostromo de pronto en uno de esos intervalos en que permanecían apoyados sobre los gruesos mangos de los remos—. ¿Qué es ello? ¿Se aflige usted, don Martín?
El interrogado le aseguró que no había nada de eso. Nostromo se mantuvo un rato sin moverse, y luego indicó en voz baja a su compañero que se llegara a popa. En estando allí, le puso los labios al oído, y le comunico su creencia de que, además de ellos, había en la gabarra alguien más. Por dos veces había oído sollozos ahogados.
—Señor —le susurró con temor y asombro—, estoy cierto de que en el lanchón hay una persona llorando.
Decoud no había oído nada, y manifestó su incredulidad. Con todo eso, será fácil comprobar la verdad de lo que ocurría.