Nostromo

Nostromo

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—Es de lo más asombroso —musitó Nostromo.

—¿Se habrá escondido alguno a bordo mientras la gabarra estaba amarrada al muelle?

—¿Y dice usted que era una especie de sollozo? —interrogó Decoud bajando la voz—. Si está llorando, sea quien quiera, no puede ser muy peligroso.

Trepando por encima de los cofres del tesoro, se agazaparon en la parte delantera del mástil, y empezaron a palpar debajo del medio puente. De frente, en el sitio más estrecho, sus manos toparon con el cuerpo de un hombre, que permaneció callado como un muerto. Bastante sobresaltados para no hacer ruido alguno, le arrastraron hacia popa tirando de un brazo y del cuello de la chaqueta. No se movió, ni ofreció la menor resistencia, como si estuviera exánime.

La luz del cabo de vela cayó sobre un rostro redondo, de nariz aguileña, con bigotes negros y patillas recortadas. Le cubría una suciedad extrema. En las partes afeitadas de los carrillos había brotado un vello grasiento. Tenía los labios un poco entreabiertos, pero cerrados los ojos. Decoud reconoció con inmenso asombro al señor Hirsch, el tratante de pieles de Esmeralda. Lo mismo hizo Nostromo. Ambos quedaron mirándose estupefactos ante el hombre, que yacía con los pies descalzos más altos que la cabeza, fingiendo estúpidamente sueño, desmayo o muerte.


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