Nostromo

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Al lado del camino, en el sitio donde se había levantado él rancho de junco y techo de hierba, no quedaba más que un enorme montón de cenizas y brasas; su resplandor rojo oscuro se difundía en un buen espacio alrededor y reflejándose en el rostro de Antonia lo presentaba encendido de excitación. Carlos Gould, después de vacilar breves momentos, hizo la promesa que se le pedía. Hallóse ahora en la situación de un hombre que se ha aventurado a seguir una vereda peligrosa bordeando precipicios sin poder retroceder, y sin esperanza de salvación a no seguir adelante. Lo comprendió perfectamente al fijar la mirada en don José, que yacía tendido, respirando apenas, junto a la altiva Antonia, vencido tras de luchar toda su vida con los poderes de las tinieblas de la inmoralidad, en las que se engendran los crímenes monstruosos y las monstruosas ilusiones. El emisario de Hernández expresó en breves palabras su satisfacción. Antonia se echó de nuevo el velo, resistiendo estoicamente al ansia de preguntar por la huida de Decoud.

Ignacio soslayó una ojeada triste y refunfuñó:

—Mire usted bien las mulas, mi amo. No las volverá usted a ver más.


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