Nostromo

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El viaje desde la capital de Inglaterra a Santa Marta en vapores correos y en coches especiales del ferrocarril costero de Santa Marta (único construido hasta entonces) había sido tolerable —hasta ameno—, perfectamente tolerable. Pero la travesía de las montañas para llegar a Sulaco, viajando con una antigua diligencia por caminos intransitables, que bordeaban espantosos precipicios…, era mejor no recordarla.

—Dos veces hemos volcado en un día, en la ceja misma de simas profundísimas —refería a la señora de Gould en voz baja—. Y cuando por fin nos vimos aquí, ignoro que hubiera sido de nosotros, a no haber encontrado la hospitalidad de ustedes. ¡Qué lugar más inaccesible es este Sulaco! ¡Puerto y todo como es!… ¡Asombroso!

—¡Ah! Pero nosotros estamos muy orgullosos de nuestra ciudad. Tiene importancia histórica. Aquí estuvo establecido antiguamente, durante dos virreinatos, el supremo tribunal eclesiástico —le hizo saber la señora expresándose con animación.

—Me sorprende la noticia. No lo hubiera imaginado. Pero mi intención no ha sido rebajar… Usted parece muy patriota.

—La ciudad es deliciosa, aunque sólo sea por su situación. Tal vez no sepa usted que llevo muchos años residiendo aquí.


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