Nostromo

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La ondulante superficie de los bosques se mostraba cubierta de un polvo de oro pálido; y a lo lejos, mas allá de Rincón, ocultas a la vista de la ciudad por dos boscosos estribos, las rocas de la garganta de Santo Tomé, con la achatada mole de la montaña misma, coronada de helechos gigantes, se teñía de cálidos tonos pardos y amarillos con vetas de un rojo sucio y manchas verde-oscuras de los arbustos arraigados en las quebradas. Desde la llanura los cobertizos de los bocartes o trituradores de mineral y las edificaciones de la mina aparecían oscuras y pequeñas, a gran altura, semejando nidos de aves aglomerados en los resaltos de un peñón. Las tortuosas veredas se mostraban a la vista como leves arañaduras en el muro de un blocao ciclópeo. A los dos serenos de la mina, que estaban de servicio, yendo de aquí para allá, con los ojos atentos y la carabina en la mano a la sombra de los árboles que orlan la corriente inmediata al límite de la concesión Gould, la figura de don Pepe, encaramado en la meseta superior, por cuyo sendero empezaba a bajar, se les representaba como un gran coleóptero.






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